Brenner recibió el galardón (compartido con Robert Horvitz y John Sulston) por sus descubrimientos sobre la regulación genética del desarrollo de órganos y la muerte celular programada (apoptosis), utilizando el gusano ‘C. elegans’.
Por: Sarah Romero
Colaboradora de National Geographic España
En abril de 1953, un joven estudiante de posgrado condujo desde Oxford hasta Cambridge para ver un modelo de metal y alambre que cambiaría la historia de la humanidad. Al observar la estructura de la doble hélice del ADN recién ensamblada por James Watson y Francis Crick, el joven sintió que ‘se levantaba un telón y todo quedaba claro’. Aquel muchacho era Sydney Brenner, y ese instante marcó el verdadero nacimiento de la biología molecular.
Brenner no solo fue uno de los arquitectos de la genética moderna, sino también un pensador incansable, un bromista empedernido y un visionario que entendió que la ciencia es, ante todo, una aventura humana. Tal y como dijo el año que fue honrado con el Nobel, «La búsqueda interminable del conocimiento continuará mientras existan seres humanos».
De una zapatería en Sudáfrica a la universidad
La historia de Brenner parece sacada de una novela de Dickens. Nació en 1927 en Germiston, Sudáfrica, en el seno de una familia de inmigrantes judíos de Europa del Este. Su padre era un zapatero que no sabía leer ni escribir y crio a su familia en dos habitaciones detrás de su taller. Pese a estos inicios tan humildes, el talento de Sydney brotó y aprendió a leer a los cuatro años gracias a una clienta de la zapatería.
A los nueve años, cuando ya había hecho de la biblioteca local su lugar favorito y, tras devorar el libro The Young Chemist (El joven químico), comenzó a extraer pigmentos de hojas y flores, descubriendo por sí mismo los cambios de pH. Su brillantez era absolutamente innegable; tanto empezó la carrera de medicina en la Universidad de Witwatersrand en Sudáfrica cuando solo tenía 15 años. Se graduó como el mejor de su clase en obstetricia, aunque no iba a ser el destino de su carrera, sino más bien la investigación en biología.
El flechazo con el ADN y el ARN mensajero
Tras un revelador viaje a Cambridge en 1953, Brenner se unió al legendario Laboratorio de Biología Molecular (LMB) del Medical Research Council (MRC) -uno de los institutos de investigación científica más importantes del mundo-, compartiendo despacho con el físico y biólogo molecular británico Francis Crick (quien ganó el Nobel de Medicina en 1962 por descubrir la estructura de doble hélice del ADN) durante 20 años y juntos formaron una de las parejas científicas más formidables de la historia.
El gran reto de la época era descifrar el código genético. Brenner demostró matemáticamente la imposibilidad de que los códigos de tripletes (codones) se superpusieran y, poco después, en 1960, llevó a cabo un experimento histórico en California junto a François Jacob y Matthew Meselson: demostraron la existencia del ARN mensajero (ARNm), la molécula crucial que transporta la información genética desde el núcleo de la célula hasta los ribosomas para fabricar proteínas.

Sydney Brenner OIST 2008. OIST from Onna Village
Foto de Sydney Brenner, Nobel de Medicina.
Caenorhabditis elegans: el gusano del Nobel
A finales de los años 60, con el código genético prácticamente resuelto, Brenner se dio cuenta de que necesitaba un nuevo desafío. Quería entender de qué forma los genes regulaban el desarrollo de un organismo complejo y su sistema nervioso y, para ello, eligió a Caenorhabditis elegans, un gusano nematodo transparente de apenas un milímetro de longitud.
Muchos lo tildaron de loco, pero Brenner acabó siendo un pionero. Mapeó las mutaciones del gusano y, junto a John Sulston y Robert Horvitz, trazó el linaje de cada una de sus 959 células y cartografió todo su sistema nervioso. Este histórico trabajo permitió descubrir la apoptosis o muerte celular programada, un proceso fundamental para entender enfermedades como el cáncer, y por esta hazaña, los tres científicos compartieron el Premio Nobel de Fisiología o Medicina en 2002.
Brenner nunca dejó de innovar. En los años 80, cuando comenzó a gestarse el Proyecto Genoma Humano, acuñó una brillante distinción para el ADN no codificante. Mientras otros lo llamaban «ADN chatarra», él insistió en llamarlo «ADN basura» porque ‘la chatarra se tira, pero la basura es lo que guardas en el desván porque podría ser útil algún día’. Sydney Brenner falleció en 2019 en Singapur, a los 92 años, por causas naturales, mientras dormía, dejando tras de sí un legado imborrable gracias a sus trabajos sobre la regulación genética del desarrollo y muerte de las células.

