Los astrónomos acaban de encontrar una nueva supertierra cercana y, por primera vez en mucho tiempo, la vida no parece una idea descabellada.

A tan solo 18 años luz, un planeta rocoso cuatro veces más masivo que la Tierra se mueve dentro de la zona habitable de una estrella cercana. No sabemos cómo es su atmósfera ni si tiene océanos, pero los modelos dicen que podría ser uno de los mejores lugares próximos para buscar vida fuera del Sistema Solar.

Por Martín Nicolás Parolari

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Los astrónomos acaban de encontrar una nueva supertierra cercana y, por primera vez en mucho tiempo, la vida no parece una idea descabellada

© CC BY-SA 4.0.

Siempre hemos buscado planetas parecidos a la Tierra en lugares remotos de la galaxia. Esta vez, la sorpresa está mucho más cerca. Un equipo internacional ha identificado GJ 251c, una supertierra que orbita una pequeña enana roja situada a apenas 5,5 pársecs, unos 18 años luz de distancia.

En términos astronómicos, es prácticamente nuestro vecindario.

Un mundo cercano que todavía no podemos ver

Imagen: Los astrónomos acaban de encontrar una nueva supertierra cercana y, por primera vez en mucho tiempo, la vida no parece una idea descabellada

© X / @XploraSpace.

El planeta no ha sido fotografiado todavía. Su existencia se ha deducido a partir del leve bamboleo de su estrella, una oscilación minúscula provocada por el tirón gravitatorio de los planetas que la rodean. Es el mismo principio físico que hace variar el sonido de una sirena cuando pasa una ambulancia, pero aplicado a la luz estelar con una precisión extrema.

Durante casi dos décadas, observatorios de Hawái, Texas, Kitt Peak y Calar Alto han acumulado cientos de mediciones. Ese archivo histórico permitió confirmar un planeta ya conocido en el sistema y, ahora, aislar una señal nueva y sorprendentemente estable: un mundo con unas cuatro masas terrestres que completa una órbita cada 53,6 días.

Zona habitable no significa planeta habitable

GJ 251c se mueve justo dentro de la llamada zona habitable conservadora, la región donde la radiación recibida permitiría la existencia de agua líquida. Pero esa etiqueta, por sí sola, no garantiza nada. Todo depende de la atmósfera.

Los investigadores han probado distintos escenarios climáticos usando modelos tridimensionales similares a los que se emplean para estudiar el clima terrestre. Con una atmósfera parecida a la nuestra, el planeta sería un mundo congelado, con temperaturas medias por debajo de los –100 °C y un océano sellado bajo hielo global.

La historia cambia si la atmósfera es más densa, claro está. Con una presión de dióxido de carbono unas diez veces mayor que la terrestre, los modelos muestran océanos abiertos y temperaturas medias en torno a los 320 kelvin: un planeta cálido, estable y, al menos en teoría, compatible con la vida.

También se exploraron escenarios extremos, como una envoltura rica en hidrógeno, más propia de un mini-Neptuno. En ese caso, la superficie se vuelve infernal, con temperaturas por encima de los 500 kelvin. Demasiado calor incluso para las formas de vida más resistentes que conocemos.

Un laboratorio natural para estudiar atmósferas lejanas

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© Space.com.

La estrella GJ 251 emite apenas entre un uno y un dos por ciento de la energía del Sol. Eso obliga a que su zona habitable esté muy cerca, pero también ofrece una ventaja crucial: la separación angular entre estrella y planeta es lo bastante grande como para intentar observarlo directamente con los telescopios gigantes que están por venir.

Según los autores de este estudio, GJ 251c es ahora mismo el mejor candidato del hemisferio norte para obtener una imagen directa de un planeta rocoso en zona habitable. Si se logra aislar su luz, será posible analizar su espectro en busca de vapor de agua, CO₂ u otros gases que delaten su clima… o algo más.

Es el equivalente astronómico a pasar de ver solo el resplandor de una farola lejana a distinguir qué hay dentro de una habitación iluminada.

Lo que este planeta dice sobre nosotros

Hay una ironía muy difícil de ignorar. Para saber si GJ 251c podría albergar océanos, los científicos han usado los mismos modelos climáticos que empleamos para entender el calentamiento global en la Tierra. En ese planeta, el CO₂ podría marcar la diferencia entre un mundo muerto y uno potencialmente habitable. Aquí, está empujando nuestros sistemas climáticos al límite.

En ambos casos, pequeños cambios atmosféricos provocan transformaciones gigantescas. La escala es distinta, pero la lección es la misma: la franja donde la vida es posible es sorprendentemente estrecha.

GJ 251c sigue siendo un candidato. Pasarán años antes de saber si es un mundo oceánico, un desierto helado o un infierno cubierto de nubes densas. Pero mientras afinamos modelos y levantamos telescopios, este pequeño planeta cercano nos recuerda algo incómodo y fascinante: puede que la vida no sea tan rara… y que, aun así, sea extraordinariamente frágil.

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