Anton Zeilinger se empeñó en demostrar que el teletransporte era algo más que ciencia ficción. Ahora tiene un Nobel.

javier-jimenezJAVIER JIMÉNEZ

@dronte

Ni en Star Trek veían plausible eso de teletransportar gente. Cuando empezaron a idear la serie, Gene Roddenberry, su creador, quería mostrar el despegue y el aterrizaje del Enterprise en cada planeta. Sobre el papel era alucinante, emocionante, espectacular; eso sí, tenía un pequeño problema: el gasto en efectos especiales era descomunal.

Y como el plan B (no salir nunca de la nave) era capaz de aburrir a las ovejas, Roddenberry, desesperado, decidió rescatar la idea del teletransporte de ‘La Mosca’, una película de 1958. Nadie pensaba que funcionara demasiado bien, pero era lo que había. Sin embargo, aquello de “Teletranspórtame, Scotty” se convirtió en una de las frases más emblemáticas de la ciencia ficción. Pero ¿cuánto hay de ciencia y cuánto de ficción? La respuesta se ha llevado un premio Nobel

¿Hay alguna manera en el mundo en que el teletransporte pueda ser real?

La física cuántica es un campo tan apasionante como obtuso. Si me permitís la brocha gorda (y el recurso fácil), hablamos de gente que se dedica a discutir sobre si un gato está vivo o muerto; cuando la esencia misma de la actitud científica sería abrir la caja y comprobarlo en vivo y en directo. Sin embargo, es una disciplina llamada a cambiarlo todo. Para empezar… nuestra idea de lo que es el teletrasporte.

Y es que, en 1993, un grupo de físicos consiguió teorizar la única tecnología de teletransporte a la que tenemos acceso (al menos, hoy por hoy): la teletransportación cuántica. Un fenómeno que permite la transmisión del estado cuántico de unas partículas determinadas a otras partículas diferentes que se encuentran a una cierta distancia.

Ahí vino la primera decepción, claro. El teletransporte cuántico transmite información, pero no materia: simplificando un poco, no sería capaz de mandar cada átomo de nuestro cuerpo a otro lugar. Olvidémonos de eso. Lo que podríamos mandar mediante este sistema es el “estado cuántico”; una especie de planos (exactísimos) de nuestro cuerpo; de tal forma que, aunque los átomos de los que estará compuesto el nuevo cuerpo tendrían que estar en el lugar de llegada, esta tecnología los ordenaría para conseguir el cuerpo original.

La segunda decepción es que tampoco hablamos de algo instantáneo. Al fin y al cabo, no hay que mandar la materia, pero la cantidad de información que habría que enviar es tan descomunal que, por mucho ancho de banda que tuviéramos, el proceso de teletransporte se demorara muchísimo en el tiempo. Sin embargo, esta es la única forma de transferir información cuántica de un sistema a otro sin perder ninguna parte de ella. Aunque, eso sí, en el 93 era solo una mera teoría.

Afortunadamente, Anton Zeilinger se decidió a demostrarlo. Para ello tuvo que trabajar con partículas entrelazadas. El entrelazado (o entrelazamiento) cuántico puede resumirse en que existen partículas en un estado cuántico compartido independientemente de la distancia que haya entre ellas. Zeilinger se dio cuenta (y demostró experimentalmente) que “suceden cosas interesantes si las partículas de un par entrelazado viajan en direcciones opuestas y una de ellas se encuentra con una tercera partícula”. Al entrelazarse con una de las dos, “la tercera partícula pierde su identidad, pero sus propiedades originales se transfieren a la partícula solitaria del par original”. Es decir: se teletransporte (cuánticamente hablando).

Un año después, Zeilinger y su equipo demostraron que, si utilizaban dos pares entrelazados, las partículas solitarias de cada par quedaban a su vez entrelazadas entre sí (aunque nunca hubieran estado cerca entre ellas). Este es un avance clave para muchas aplicaciones cuánticas porque permite utilizar fotones y fibras ópticas sin que se pierda la señal; pero sobre todo es la demostración de que la realidad está cosida con unos hilos invisibles que dan consistencia a mundo que van mucho más allá de lo corpóreo. Esa confirmación es la que se ha llevado el Nobel de física de 2022.

Si lo pensamos un segundo, la primera revolución cuántica nos dio transistores y láseres. Lo emocionante es que todas estas nuevas ideas y tecnologías están iniciando la segunda revolución y las posibilidades de estos sistemas de partículas entrelazadas son potencialmente infinitas. Qué alegría ésta de vivir en el futuro.

Imagen | Jacqueline Godany

Vía: KATAKA

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