Diario expreso – Martha Meier M.Q.
12 Jul 2026.
En 1494, Europa celebraba la imprenta de Gutenberg como el amanecer de una nueva era, pero un abad benedictino se atrevió a formular una advertencia que, lejos de perderse entre el estruendo del progreso, hoy recobra vigencia.
Johannes Trithemius escribió De laude scriptorum (Elogio de los escribas), un tratado presentado durante años como una preocupación porque muchos monasterios vivían, en gran parte, de la copia de manuscritos. Pero la preocupación de Trithemius no era económica.
El benedictino comprendió que copiar un texto no era trasladar palabras de una página a otra, sino un ejercicio de disciplina intelectual. La lentitud obligaba a leer con atención, a comprender antes de escribir y a dejar que cada frase atravesara la inteligencia antes de fijarla sobre el pergamino. La mano educaba a la mente.
Cinco siglos después, la neurociencia, la psicología cognitiva y la pedagogía coinciden en que escribir a mano moviliza procesos cerebrales que la escritura digital apenas exige. La mano no puede seguir la velocidad del pensamiento y, por ello, obliga al cerebro a seleccionar, jerarquizar, resumir y ordenar las ideas. Quien escribe a mano no transcribe: piensa.
Los estudios muestran, además, que cada letra trazada activa circuitos relacionados con la memoria, el lenguaje, la atención, la planificación, la coordinación visomotora y la motricidad fina.
El lápiz o el bolígrafo sobre el papel favorecen la creatividad. Las flechas, los dibujos, las tachaduras y las anotaciones crean un mapa visual del pensamiento. No es casual que los manuscritos de Gabriel García Márquez estén llenos de ellos. Gabo pensaba mientras escribía y escribía mientras pensaba.
Ernest Hemingway corregía una y otra vez sus páginas escritas a lápiz —gastaba ocho lápices por día—; Susan Sontag afirmaba que pensaba mejor con un cuaderno; Mario Vargas Llosa contaba que durante años escribió sus primeras versiones a mano antes de pasarlas a máquina. No era nostalgia: era su método para madurar las ideas.
En los niños, la escritura manual fortalece la coordinación fina, la precisión de los movimientos, la relación ojo-mano, la percepción espacial y el desarrollo de algo que los distingue de todos los demás: su propia letra, su marca, su ritmo interior. Sin embargo, una parte creciente de los niños pasa de la pantalla táctil al teclado sin desarrollar una caligrafía fluida.
Profesores de distintos países describen a alumnos que escriben con dificultad, que dependen del corrector automático para la ortografía e, incluso, que sostienen el lápiz con torpeza porque casi toda su producción escrita ocurre en dispositivos digitales.
Hoy, la inteligencia artificial (IA) escribe ensayos, cartas, artículos e incluso novelas. Si dejamos que las máquinas corrijan nuestra ortografía, completen nuestras frases, organicen nuestros argumentos y redacten nuestros textos, corremos el riesgo de externalizar procesos que durante miles de años ejercitaron la memoria, el razonamiento y la creatividad.
Quizá la mayor lección de Trithemius sea que el valor de escribir nunca estuvo en producir un texto, sino en formar una mente. Escribir a mano deja una huella en el papel, en el cerebro y en el alma.

