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Por: Jorge Álvarez
primer uso documentado gas venenoso asedio Ambracia
El asedio de Ambracia es el primer uso documentado de gas venenoso. Crédito: Guillermo Carvajal / labrujulaverde.com
Arta es una ciudad del noroeste de Grecia que apenas conserva los típicos restos arqueológicos de la Antigüedad y, en cambio, sí atesora patrimonio de época bizantina: sólo quedan trazas del templo de Apolo Pitio Sóter, el teatro y una necrópolis frente a las iglesias ortodoxas de Panagía Parigoritissa y Kato Panagia, el monasterio de Santa Teodora y el castillo construido por el emperador Miguel I Comneno Ducas. Eso se debe a que sufrió una destrucción casi total dos veces: una durante la Guerra de Independencia y otra, anterior, a manos de los romanos en el siglo I a.C., cuando se llamaba Ambracia y aún conservaba el esplendor que había alcanzado en tiempos de Pirro, quien la designó capital del Reino de Epiro.
Pausanias, aquel viajero, historiador y geógrafo que recorrió el Mediterráneo oriental dejando testimonio de su experiencia en su Descripción de Grecia, visitó Ambracia en el siglo II d.C. y cuenta que únicamente encontró un sitio cubierto de hierba. En efecto, para entonces los habitantes de esa urbe, que según una inscripción votiva en honor de Trajano seguía conservando la categoría de periokis polis (o sea, de ciudad), ya la habían ido abandonando para establecerse en la recién fundada Nicópolis. No voluntariamente sino obligados por Roma, ante la que cayeron derrotados cuando el general Emilio Paulo conquistó Epiro, saqueando Ambracia y demoliendo sus murallas.
Triste final para un lugar que, como decíamos, había sido elegido capital por Pirro, quien lo embelleció con palacios, teatros, templos y estatuas. La ciudad no le pertenecía originariamente; se la regaló el hijo de Casandro, rey de Macedonia, a la que estaba vinculada con un estatus semiautónomo pese a que había logrado resistir desesperadamente -ayudada por Atenas y Corinto- el asedio a que la sometió Filipo II en el siglo IV a.C. Después Ambracia se sacudió la influencia macedonia para posicionarse junto a la Liga Etolia, lo que supuso su final cuando ésta se enfrentó a Roma. Sitiada por las legiones, durante las labores de asedio se utilizaron por primera vez gases venenosos en los túneles subterráneos que albergaban agónicas escaramuzas entre zapadores y defensores.

Imagen: El castillo bizantino de Arta. Crédito: Dimitris Kamaras / Wikimedia Commons
Ambracia debía su nombre al que la leyenda consideraba su fundador, Ámbrax. Hay dos personajes con ese nombre en la mitología griega: el hijo de Dexámenos -quien a su vez era hijo de Heracles- y el vástago de Tesproto, heredero del rey arcadio Licaón. Otra versión dice que la fundadora fue Ambracia, cuya identidad también es confusa: para unos hija de Augías (el soberano de Élide, miembro de la expedición de los argonautas y poseedor de un rebaño de vacas y cabras tan grande que limpiar sus establos fue uno de los doce trabajos de Heracles), para otros su padre era Melaneo, rey de Driópide, un territorio tesalio situado entre Mélida y Fócida donde habitaban los dríopes (los hijos del dios Apolo, quizá los dorios).
Otro mito cuenta que los dioses obligaron a un pastor con fama de justo llamado Cragaleo a decidir qué divinidad debía regir Ambracia. Tres eran los aspirantes. El primero, Apolo, argumentaba que su hijo Melaneo era el fundador y, además, su actual rey, Gorgos, se había hecho con el trono siguiendo su oráculo, que predijo la rebelión de los ambraciotas contra el tirano Faleco y el establecimiento de un culto en su honor. La segunda, Artemisa, afirmaba haber sido quien provocó la muerte de Faleco y por eso los ciudadanos también la adoraban. El tercero, Heracles, se consideraba dueño de toda la región por haber derrotado a los pueblos que quisieron robarle el ganado y porque los colonos corintios establecidos en ella eran descendientes suyos.
Como Cragaleo se decantó por el tercer candidato, el enfurecido Apolo le convirtió en piedra. Consecuentemente, los ambraciotas le ofrecían sacrificios por si acaso, pero se consideraban súbditos de Heracles y hasta le dedicaron una festividad que luego ampliaron al malhadado pastor. Mitos aparte -aunque sí es cierto que los autores más antiguos llamaban Diópside a Ambracia- la datación aportada por el registro arqueológico sitúa el origen de la ciudad entre los años 650 y 625 a.C. Sus primeros habitantes serían gentes venidas de Atamania, Casopa y Molosia, regiones del centro-norte de Grecia, y el responsable histórico de la fundación habría sido el reseñado Gorgos, hijo ilegítimo del tirano corintio Cípselo. Pero el sucesor de Gorgos, su hijo Periandro, implantó una segunda tiranía.

Imagen: El de Ambracia es el más pequeño de todos los antiguos teatros griegos descubiertos hasta ahora. Crédito: Dodos2013 / Wikimedia Commons
Eso le costó ser derrocado en una revuelta popular como resultado de la cual los ciudadanos decidieron instaurar una democracia, según cuenta Aristóteles en su obra Política. Ambracia empezó a prosperar y a superar a otros asentamientos corintios, desarrollándose y siguiendo una planificación racional urbana que favoreció el desarrollo de su economía. En aquellos tiempos primigenios, ésta se basaba en la agricultura, la pesca, la producción maderera (destinada a la construcción naval, sobre todo) y el comercio, especialmente la exportación de un producto artesano autóctono de gran éxito en toda Grecia: un calzado femenino de lujo y proverbial comodidad, pero también confeccionado con gran calidad al que se conocía con el nombre de ambrakides.
En las Guerras Médicas se alineó con el resto de las ciudades helenas para resistir a los persas, participando en la batalla de Salamina con siete barcos y en la de Platea con medio centenar de soldados. A continuación, en la Guerra del Peloponeso, se unió al bando espartano y se mantuvo fiel a su metrópoli, Corinto, ayudándola en la batalla de Síbota (433 a.C.) contra su colonia rebelde de Córcira (actual Corfú) con ocho trirremes que facilitaron la victoria. Durante la contienda, Ambracia expandió sus fronteras incorporando la región de Anfiloquía, de cuya capital, Argos Anfiloquia, expulsó a la población autóctona y la sustituyó por colonos sin imaginar que eso iba a resultar fatal.
Y es que, como consecuencia de ello, intervinieron Acarnania y Atenas para devolver la polis a sus dueños. La expedición ateniense, dirigida por el estratego Formión, consiguió imponerse y someter a los colonos a esclavitud. Los ambraciotas trataron de conquistarla de nuevo dos años más tarde contando con la promesa de ayuda del espartano Euríloco, que llegó al mando de tres mil hombres. Sin embargo, otro estratego ateniense, Demóstenes, les venció por separado en Olpas e Idomene. Ambracia se quedó sin soldados para seguir la guerra y se libró de ser ocupada gracias a que Demóstenes no mostró interés en ello y los acarnianos no se fiaban del todo de su aliada, por si resultaba peor vecina aún.

Imagen: Expansión de Macedonia con Filipo II. Crédito: Marsyas; Kordas / Wikimedia Commons
Ambracia y Acarnania firmaron la paz por un siglo y en el 395 a.C. las cosas dieron un giro total cuando la primera se sumó a la Liga de Delos que unía a Atenas, Corinto, Argos y Tebas contra Esparta. Aquel alineamiento fue breve; en el 388 a.C. una incursión espartana por Acarnania empujó a los ambraciotas a cambiar de bando y unirse otra vez a la Liga del Peloponeso. No obstante, aquella continua oscilación estratégica que se enmarcaba en la lucha por la hegemonía griega se terminó de forma inesperada cuando Filipo II de Macedonia, que había creado un ejército formidable y convertido su reino en una potencia emergente, dio un puñetazo de autoridad sobre el tablero abriendo un nuevo período.
En el 338 a.C. se apoderó de Ambracia y la dejó como vasalla, con una guarnición permanente dentro. De ese modo, la ciudad quedó bajo la órbita macedonia y por eso decíamos al comienzo que el rey Casandro, hijo de Antípatro (uno de los generales de Alejandro Magno, gobernador de Grecia en su ausencia, de ahí que tras su muerte su hijo, en un hábil golpe de estado, se erigiera monarca), se la regaló a Pirro. Éste era soberano de Epiro, donde había reinado Alejandro I el Moloso, tío materno de Alejandro Magno (hermano de su madre, Olimpia), así que ambos reinos mantenían buena relación; no tanta con los ambraciotas.
De hecho, al fallecer Filipo trataron de sacudirse el yugo macedonio, pero Alejandro V reprimió la insurrección. Finalmente, pese a que la etapa de Pirro fue la de mayor esplendor de la ciudad, ésta empezó a decaer hacia el 230 a.C., quedando en manos de la Liga Etolia. Lamentablemente, los etolios se enfrentaron a Roma y en el 189 a.C. las tropas de Marco Fulvio Nobilior sitiaron Ambracia, saqueándola, arrasándola e incorporándola a su provincia de Epirus Vetus.
Durante el asedio los romanos, que no lograban superar sus murallas, lo intentaron bajo tierra excavando túneles, y los ambraciotas utilizaron gases venenosos para intentar detenerlos, la primera vez en la Historia que el uso de este tipo de gases está documentado. Polibio lo contaba así:
“Colocaron delante de ellos una vasija de barro, del ancho de la mina; perforaron un agujero en su fondo e, insertando un embudo de hierro de la misma longitud que la profundidad de la vasija, la llenaron de plumas finas; encendieron un pequeño fuego cerca de la boca de la vasija y le colocaron una tapa de hierro llena de agujeros. Llevaron todo esto sin contratiempos a través de la mina, con la boca dirigida hacia el enemigo. Cuando se acercaron a los sitiadores, taparon todo el espacio alrededor del borde de la vasija, dejando solo dos agujeros a cada lado por los que introdujeron lanzas para impedir que el enemigo se acercara a la vasija. A continuación, tomaron un fuelle como los que utilizan los herreros y, tras acoplarlo al orificio del embudo, soplaron con fuerza sobre el fuego colocado sobre las plumas cerca de la boca de la vasija, retirando continuamente el embudo a medida que las plumas se iban incendiando hacia abajo. El plan se ejecutó con éxito; el volumen de humo generado fue enorme y, debido a la naturaleza peculiar de las plumas, extremadamente acre, y todo él se dirigió hacia los rostros del enemigo. Los romanos, por lo tanto, se encontraron en una situación muy angustiosa y embarazosa, ya que no podían detenerse ni soportar el humo en las minas. Al prolongarse así aún más el asedio, el comandante etolio decidió enviar un enviado al cónsul…” Polibio, Historias 21.28
Como vimos, renació sólo efímeramente porque en el 31 a.C. Octavio deportó a todos sus habitantes a Nicópolis, fundada tras su victoria en la batalla de Accio (su nombre significa «Ciudad de la victoria»), igual que había hecho el año anterior con los de Argos Anfiloquia.
De ese modo, Ambracia. patria del músico Epígono y del poeta Epicrates, del adivino Silano y del filósofo Cleómbroto (alumno de Platón), quedó abandonada y deshabitada hasta que, en la época bizantina, en torno al año 1000 d.C., un nuevo asentamiento ocupó su lugar con el nombre de Narte, que luego derivó a Arta, en parte gracias a que una invasión búlgara destruyó Nicópolis.
FUENTES:
William Smith, A Dictionary of Greek and Roman Geography by Various Writers
Pausanias, Descripción de Grecia
Aristóteles, Política
Polibio, Historias
Wikipedia, AmbraciaAmbracia, la ciudad griega que se defendió del asedio romano con el primer uso conocido de gases venenosos.
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Por: Jorge Álvarez
primer uso documentado gas venenoso asedio Ambracia
El asedio de Ambracia es el primer uso documentado de gas venenoso. Crédito: Guillermo Carvajal / labrujulaverde.com
Arta es una ciudad del noroeste de Grecia que apenas conserva los típicos restos arqueológicos de la Antigüedad y, en cambio, sí atesora patrimonio de época bizantina: sólo quedan trazas del templo de Apolo Pitio Sóter, el teatro y una necrópolis frente a las iglesias ortodoxas de Panagía Parigoritissa y Kato Panagia, el monasterio de Santa Teodora y el castillo construido por el emperador Miguel I Comneno Ducas. Eso se debe a que sufrió una destrucción casi total dos veces: una durante la Guerra de Independencia y otra, anterior, a manos de los romanos en el siglo I a.C., cuando se llamaba Ambracia y aún conservaba el esplendor que había alcanzado en tiempos de Pirro, quien la designó capital del Reino de Epiro.
Pausanias, aquel viajero, historiador y geógrafo que recorrió el Mediterráneo oriental dejando testimonio de su experiencia en su Descripción de Grecia, visitó Ambracia en el siglo II d.C. y cuenta que únicamente encontró un sitio cubierto de hierba. En efecto, para entonces los habitantes de esa urbe, que según una inscripción votiva en honor de Trajano seguía conservando la categoría de periokis polis (o sea, de ciudad), ya la habían ido abandonando para establecerse en la recién fundada Nicópolis. No voluntariamente sino obligados por Roma, ante la que cayeron derrotados cuando el general Emilio Paulo conquistó Epiro, saqueando Ambracia y demoliendo sus murallas.
Triste final para un lugar que, como decíamos, había sido elegido capital por Pirro, quien lo embelleció con palacios, teatros, templos y estatuas. La ciudad no le pertenecía originariamente; se la regaló el hijo de Casandro, rey de Macedonia, a la que estaba vinculada con un estatus semiautónomo pese a que había logrado resistir desesperadamente -ayudada por Atenas y Corinto- el asedio a que la sometió Filipo II en el siglo IV a.C. Después Ambracia se sacudió la influencia macedonia para posicionarse junto a la Liga Etolia, lo que supuso su final cuando ésta se enfrentó a Roma. Sitiada por las legiones, durante las labores de asedio se utilizaron por primera vez gases venenosos en los túneles subterráneos que albergaban agónicas escaramuzas entre zapadores y defensores.
Imagen: El castillo bizantino de Arta. Crédito: Dimitris Kamaras / Wikimedia Commons
Ambracia debía su nombre al que la leyenda consideraba su fundador, Ámbrax. Hay dos personajes con ese nombre en la mitología griega: el hijo de Dexámenos -quien a su vez era hijo de Heracles- y el vástago de Tesproto, heredero del rey arcadio Licaón. Otra versión dice que la fundadora fue Ambracia, cuya identidad también es confusa: para unos hija de Augías (el soberano de Élide, miembro de la expedición de los argonautas y poseedor de un rebaño de vacas y cabras tan grande que limpiar sus establos fue uno de los doce trabajos de Heracles), para otros su padre era Melaneo, rey de Driópide, un territorio tesalio situado entre Mélida y Fócida donde habitaban los dríopes (los hijos del dios Apolo, quizá los dorios).
Otro mito cuenta que los dioses obligaron a un pastor con fama de justo llamado Cragaleo a decidir qué divinidad debía regir Ambracia. Tres eran los aspirantes. El primero, Apolo, argumentaba que su hijo Melaneo era el fundador y, además, su actual rey, Gorgos, se había hecho con el trono siguiendo su oráculo, que predijo la rebelión de los ambraciotas contra el tirano Faleco y el establecimiento de un culto en su honor. La segunda, Artemisa, afirmaba haber sido quien provocó la muerte de Faleco y por eso los ciudadanos también la adoraban. El tercero, Heracles, se consideraba dueño de toda la región por haber derrotado a los pueblos que quisieron robarle el ganado y porque los colonos corintios establecidos en ella eran descendientes suyos.
Como Cragaleo se decantó por el tercer candidato, el enfurecido Apolo le convirtió en piedra. Consecuentemente, los ambraciotas le ofrecían sacrificios por si acaso, pero se consideraban súbditos de Heracles y hasta le dedicaron una festividad que luego ampliaron al malhadado pastor. Mitos aparte -aunque sí es cierto que los autores más antiguos llamaban Diópside a Ambracia- la datación aportada por el registro arqueológico sitúa el origen de la ciudad entre los años 650 y 625 a.C. Sus primeros habitantes serían gentes venidas de Atamania, Casopa y Molosia, regiones del centro-norte de Grecia, y el responsable histórico de la fundación habría sido el reseñado Gorgos, hijo ilegítimo del tirano corintio Cípselo. Pero el sucesor de Gorgos, su hijo Periandro, implantó una segunda tiranía.
Imagen: El de Ambracia es el más pequeño de todos los antiguos teatros griegos descubiertos hasta ahora. Crédito: Dodos2013 / Wikimedia Commons
Eso le costó ser derrocado en una revuelta popular como resultado de la cual los ciudadanos decidieron instaurar una democracia, según cuenta Aristóteles en su obra Política. Ambracia empezó a prosperar y a superar a otros asentamientos corintios, desarrollándose y siguiendo una planificación racional urbana que favoreció el desarrollo de su economía. En aquellos tiempos primigenios, ésta se basaba en la agricultura, la pesca, la producción maderera (destinada a la construcción naval, sobre todo) y el comercio, especialmente la exportación de un producto artesano autóctono de gran éxito en toda Grecia: un calzado femenino de lujo y proverbial comodidad, pero también confeccionado con gran calidad al que se conocía con el nombre de ambrakides.
En las Guerras Médicas se alineó con el resto de las ciudades helenas para resistir a los persas, participando en la batalla de Salamina con siete barcos y en la de Platea con medio centenar de soldados. A continuación, en la Guerra del Peloponeso, se unió al bando espartano y se mantuvo fiel a su metrópoli, Corinto, ayudándola en la batalla de Síbota (433 a.C.) contra su colonia rebelde de Córcira (actual Corfú) con ocho trirremes que facilitaron la victoria. Durante la contienda, Ambracia expandió sus fronteras incorporando la región de Anfiloquía, de cuya capital, Argos Anfiloquia, expulsó a la población autóctona y la sustituyó por colonos sin imaginar que eso iba a resultar fatal.
Y es que, como consecuencia de ello, intervinieron Acarnania y Atenas para devolver la polis a sus dueños. La expedición ateniense, dirigida por el estratego Formión, consiguió imponerse y someter a los colonos a esclavitud. Los ambraciotas trataron de conquistarla de nuevo dos años más tarde contando con la promesa de ayuda del espartano Euríloco, que llegó al mando de tres mil hombres. Sin embargo, otro estratego ateniense, Demóstenes, les venció por separado en Olpas e Idomene. Ambracia se quedó sin soldados para seguir la guerra y se libró de ser ocupada gracias a que Demóstenes no mostró interés en ello y los acarnianos no se fiaban del todo de su aliada, por si resultaba peor vecina aún.
Imagen: Expansión de Macedonia con Filipo II. Crédito: Marsyas; Kordas / Wikimedia Commons
Ambracia y Acarnania firmaron la paz por un siglo y en el 395 a.C. las cosas dieron un giro total cuando la primera se sumó a la Liga de Delos que unía a Atenas, Corinto, Argos y Tebas contra Esparta. Aquel alineamiento fue breve; en el 388 a.C. una incursión espartana por Acarnania empujó a los ambraciotas a cambiar de bando y unirse otra vez a la Liga del Peloponeso. No obstante, aquella continua oscilación estratégica que se enmarcaba en la lucha por la hegemonía griega se terminó de forma inesperada cuando Filipo II de Macedonia, que había creado un ejército formidable y convertido su reino en una potencia emergente, dio un puñetazo de autoridad sobre el tablero abriendo un nuevo período.
En el 338 a.C. se apoderó de Ambracia y la dejó como vasalla, con una guarnición permanente dentro. De ese modo, la ciudad quedó bajo la órbita macedonia y por eso decíamos al comienzo que el rey Casandro, hijo de Antípatro (uno de los generales de Alejandro Magno, gobernador de Grecia en su ausencia, de ahí que tras su muerte su hijo, en un hábil golpe de estado, se erigiera monarca), se la regaló a Pirro. Éste era soberano de Epiro, donde había reinado Alejandro I el Moloso, tío materno de Alejandro Magno (hermano de su madre, Olimpia), así que ambos reinos mantenían buena relación; no tanta con los ambraciotas.
De hecho, al fallecer Filipo trataron de sacudirse el yugo macedonio, pero Alejandro V reprimió la insurrección. Finalmente, pese a que la etapa de Pirro fue la de mayor esplendor de la ciudad, ésta empezó a decaer hacia el 230 a.C., quedando en manos de la Liga Etolia. Lamentablemente, los etolios se enfrentaron a Roma y en el 189 a.C. las tropas de Marco Fulvio Nobilior sitiaron Ambracia, saqueándola, arrasándola e incorporándola a su provincia de Epirus Vetus.
Durante el asedio los romanos, que no lograban superar sus murallas, lo intentaron bajo tierra excavando túneles, y los ambraciotas utilizaron gases venenosos para intentar detenerlos, la primera vez en la Historia que el uso de este tipo de gases está documentado. Polibio lo contaba así:
“Colocaron delante de ellos una vasija de barro, del ancho de la mina; perforaron un agujero en su fondo e, insertando un embudo de hierro de la misma longitud que la profundidad de la vasija, la llenaron de plumas finas; encendieron un pequeño fuego cerca de la boca de la vasija y le colocaron una tapa de hierro llena de agujeros. Llevaron todo esto sin contratiempos a través de la mina, con la boca dirigida hacia el enemigo. Cuando se acercaron a los sitiadores, taparon todo el espacio alrededor del borde de la vasija, dejando solo dos agujeros a cada lado por los que introdujeron lanzas para impedir que el enemigo se acercara a la vasija. A continuación, tomaron un fuelle como los que utilizan los herreros y, tras acoplarlo al orificio del embudo, soplaron con fuerza sobre el fuego colocado sobre las plumas cerca de la boca de la vasija, retirando continuamente el embudo a medida que las plumas se iban incendiando hacia abajo. El plan se ejecutó con éxito; el volumen de humo generado fue enorme y, debido a la naturaleza peculiar de las plumas, extremadamente acre, y todo él se dirigió hacia los rostros del enemigo. Los romanos, por lo tanto, se encontraron en una situación muy angustiosa y embarazosa, ya que no podían detenerse ni soportar el humo en las minas. Al prolongarse así aún más el asedio, el comandante etolio decidió enviar un enviado al cónsul…” Polibio, Historias 21.28
Como vimos, renació sólo efímeramente porque en el 31 a.C. Octavio deportó a todos sus habitantes a Nicópolis, fundada tras su victoria en la batalla de Accio (su nombre significa «Ciudad de la victoria»), igual que había hecho el año anterior con los de Argos Anfiloquia.
De ese modo, Ambracia. patria del músico Epígono y del poeta Epicrates, del adivino Silano y del filósofo Cleómbroto (alumno de Platón), quedó abandonada y deshabitada hasta que, en la época bizantina, en torno al año 1000 d.C., un nuevo asentamiento ocupó su lugar con el nombre de Narte, que luego derivó a Arta, en parte gracias a que una invasión búlgara destruyó Nicópolis.
FUENTES:
William Smith, A Dictionary of Greek and Roman Geography by Various Writers
Pausanias, Descripción de Grecia
Aristóteles, Política
Polibio, Historias
Wikipedia, Ambracia

