…Permanece inmóvil hasta que la acción correcta surja por sí misma»
¿Y si para resolver tus problemas no necesitaras correr más, sino cultivar un poco mejor la paciencia? Esta enseñanza básica del taoísmo puede ayudarte a cambiar la forma en la que te enfrentas a la vida y sus dificultades.
Imagen de WhatsApp
Por: Celia Pérez León
Lao Tse
La claridad rara vez aparece en medio de las prisas; suele llegar cuando aprendemos a detenernos.
Vivimos en un mundo acelerado. Corremos para llegar al metro, salimos corriendo del trabajo, volvemos a correr para ir a yoga… ¿No es absurdo ir con prisas a una actividad a la que acudes, supuestamente, para relajarte? Pero así es nuestra sociedad moderna: acelerada y carente de sentido.
Frente a esta nueva modernidad, tenemos corrientes de la filosofía y la sabiduría antigua que nos invitan a ir en la otra dirección. Es el caso del taoísmo y de esta célebre cita de Lao Tsé o Tzu, filósofo chino, que dice: “Ten paciencia. Espera hasta que el barro se asiente y el agua esté clara. Permanece inmóvil hasta que la acción correcta surja por sí misma”.

El agua turbia
Imaginemos un pescador que intenta capturar un pez. El fondo del río está lleno de barro. Con las prisas, con urgencia, el pescador mete las aguas en el agua, y entonces esa arena que yace en el fondo se levanta, enturbiando las aguas. El pescador sigue intentando atrapar el pez, luchando contra la corriente, sin ver bien hacia dónde dirige sus acciones, sin dirección.
Lao Tsé propone esta imagen mental y su alternativa. Dejar que el barro se asiente y el agua esté clara. En realidad, con esta idea, el filósofo plantea una de las imágenes más características del taoísmo: la naturaleza como espejo de los procesos internos.
El agua turbia representa una mente alterada por emociones intensas, preocupaciones, impulsos y conflictos. Cuando el agua se remueve, pierde transparencia. Cuando la mente está agitada, también pierde la capacidad de percibir con claridad.

La dificultad para soportar la incomodidad nos empuja a buscar distracciones constantes.
Intolerancia a la incomodidad
Si Lao Tsé podía hablar de esta imagen hace más de 2500 años, es porque ya entonces el ser humano era algo errático en su forma de pensar y actuar. Como dice la filósofa Agnes Callard en una entrevista que concedía a este medio, la modernidad y su nueva tecnología solo hacen evidente un problema que ya veníamos arrastrando: somos incapaces de sostener la incomodidad.
En 2014, el psicólogo social Timothy Wilson, de la Universidad de Virginia, publicó un estudio revelador. Pidió a un grupo de personas que estimaran cuánto estarían dispuestos a pagar por evitar recibir una descarga eléctrica suave. La media se estableció en unos cinco dólares.
Luego, pidió a esas mismas personas que entraran a una sala completamente vacía, a excepción de una tobillera habilitada para dar descargas eléctricas. El botón sobre la mesa permitía que el sujeto se autoadministrara las descargas a placer.

Imagen: El silencio puede resultar incómodo, pero también es el lugar donde nacen muchas respuestas.
15 minutos de silencio
Los participantes debían pasar un total de 15 minutos a solas en esa habitación en la que no podían hacer otra cosa que pensar. Nada más. Ese era el desafío. El 43 % de ellos se aplicó, al menos, una de esas descargas eléctricas que antes había afirmado que pagaría por evitar.
El caso más extremo fue el de un hombre que llegó a administrarse hasta 190 descargas en esos 15 minutos. La conclusión de Wilson fue clara: para la mayoría de nosotros, soportar 15 minutos de silencio es tan incómodo que preferimos rellenar el tiempo con dolor.

Imagen: La paciencia no es un rasgo innato, sino una capacidad que se fortalece con la práctica.
El agua clara
El problema que se esconde tras este descubrimiento es que necesitamos estar a solas, con nuestros pensamientos, soportando esa incomodidad, si queremos que las aguas vuelvan a estar claras en algún momento.
Dejar que pase el tiempo, darnos espacio, es esencial para reducir la intensidad emocional y mejorar la capacidad de evaluar alternativas, asegura el investigador James Gross, especializado en regulación emocional.
Pero ¿cómo hacerlo en un mundo que nos ha acostumbrado a los estímulos rápidos, las respuestas inmediatas y la aceleración constante?

Imagen: Vivir mejor quizá no consista en hacer más cosas, sino en recuperar el ritmo que nos permite habitarlas.
Pisar el freno
Si queremos ser capaces de seguir el consejo de Lao Tsé y sentarnos junto a las aguas a esperar que se calmen, no podemos esperar a que se agiten para empezar a practicar. Esta es, por desgracia, la conclusión más importante: nadie tiene el don natural de ser capaz de soportar el silencio; la paciencia es un don que se entrena.
¿Y cómo hacerlo? Podemos recurrir a técnicas milenarias, como la meditación o el mindfulness. Pero si estos momentos ocupan tan solo un puñado de minutos en nuestra rutina de rapidez y aceleración, no habremos ganado demasiado.
No nos queda otra que, como sociedad, empezar a pisar el freno. Dejar de buscar atajos y caminos rápidos, recorrer los senderos antiguos. ¿Y qué significa esto en la práctica? Esperar a ver a tu amiga para contarle lo que te ha pasado, en lugar de enviarle un audio. Busca una respuesta en un libro o incluso navegando en internet, en lugar de preguntarle todo a la IA. Abandonar el multitasking, aunque sea atractivo.
Significa bajar el ritmo, renunciar a llegar a todo y comprender que quizá la vida no es mejor si está llena. Que la plenitud no tiene nada que ver con agendas abarrotadas. Que no se trata de vivir más, sino de vivir mejor.

